Disfrutar mi propia compañía

Karla Martínez
Aug 24, 2014 11:07PM

Me defino a mí misma como artista. No sé qué es lo que le da validez a un artista; si el título en una escuela de artes (lo tengo), o el ganarse la vida exclusivamente haciendo arte (no lo tengo). El punto es que, lo que me hace sentir artista, o al menos, afín a las artes es que siempre que me siento triste, recurro al arte. Siempre al arte. Siempre que la tristeza. Desde hace años. Estoy hablando de tristeza enserio. Tristeza del nivel «Me da sueño estar despierta», o del nivel «No quiero comer nada nunca».

Así me sentí todos estos días, ayer en particular, me pesaba mucho el no poder comer con él. Él está lejos y yo tenía antojo y no podía, puedo o podré ir a comer con él. No en un buen rato, al menos. Así que, recurrí al arte. En parte, porque a pesar de mis pendientes lo necesitaba, en parte, porque lo había pospuesto hacía buen rato y la exposición ya estaba por acabar.

Cuídese mucho, de Sophie Calle. Si hay algo con que la puedo definir, es con «desgarradora». Fui sola, naturalmente, y hubo un punto en el que, en la oscuridad de la sala, me eché a llorar intensamente, procurando no hacer ruido para no alertar a los demás visitantes. Pero aún así, a llorar tendidamente. Me recordaba mucho a él Christina Rosenvinge, o Leslie Feist, o Victoria Abril. O el hecho de que muchas personas iban a ver la exposición con sus parejas. Pensé en ese momento que nadie entendía mejor a Sophie que yo, porque en ese momento de desolación, de desesperación, se refugió en lo que yo hubiera hecho: en el arte, en expresarlo con arte, en tratar de entenderlo con arte, en transformar su dolor en arte. Lo confirmé en sus piezas personales más íntimas y sentí que yo podría haber hecho mi propia interpretación de esa carta. Guardé mi copia y pensé cómo enmarcarla, después de interpretarla. Pasé más tiempo del debido en la sala. Lloré más de lo debido en la sala. Salí y me puse a llorar todo lo que no pude llorar en la sala. Me sentí más sola que nunca. Me enojé un poco con ella por haberme hecho sentir tan triste. «Nunca había salido tan triste de una sala de museo», pensé. «Se supone que esto me iba hacer sentir mejor». 

En el camino a casa, pasé por un restaurante que parecía cumplir mis expectativas de ayer por la tarde. En la siguiente escena ya estaba superando mi miedo al «¿Mesa para cuántos?» y estaba comiendo sola. «Voy a aprender a disfrutar mi propia compañía», me dije a mí misma, pensando que quizá, la gente que venía acompañada de sus parejas y familias no lo entendería, pero quizá Sophie Calle sí lo haría.

Karla Martínez
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