Philippe Gruenberg, ‘Geografía de la Diferencia’, 2015, Revolver Galería

Geografía de la diferencia es la tercera entrega de un ciclo de exhibiciones en las que Philippe Gruenberg pone en evidencia las diversas configuraciones y conflictos de la construcción del espacio territorial urbano y su lugar en un imaginario ciudadano. En Paisaje doméstico (2010) el punto objetivo estuvo centrado en cierta construcción simbólica del entorno, vista a través del prototipo decorativo del paisajismo emergente limeño: ese punto en el que el helecho del jardín botánico se encuentra con la luna espejo, dando forma a un entuerto barroco surgido en ciertos edificios nacidos con el boom, no de uno sino de varios procesos de especulación urbana. De la fricción de ese reflejo, la fotografía de Gruenberg extrajo lecciones contemplativas de una posible estética cifrada en cebicherías y casinos: el sabor peruano por una economía autoritaria, hecha del ethos de la apuesta y la ludopatía empresarial que nos dejó la post dictadura. Y sin embargo, esas eran del mismo modo imágenes de las interrogantes existenciales de los habitantes de una ciudad cuyo crecimiento no escatimó en materia de diversas crisis. De ahí quizás la atmósfera sombría y cargada de algunas de las imágenes de esa serie, codo a codo con la conocida pulsión del trabajo de Gruenberg por la más amable ironía y la parodia. Botánica y construcción en concreto y vidrio por un lado, y la puesta en evidencia de los discursos de naturaleza y cultura en articulación y conflicto, por el otro, activan en este ciclo abierto por el artista una fisura por donde se cuela y se elabora un discurso crítico sobre los bordes menos visibles de la modernización más reciente. En Barroco desierto (2013) Gruenberg volvió a condensar la idea del paradigma cultural enfrentado al del espacio natural, en base a imágenes acerca de la inverosímil tropicalia pictórica hallada en terrenos baldíos e informales; o en los parques en proceso de construcción y/o abandono; o en los detalles del diseño arquitectónico vernacular de las rejas y fachadas de la autoconstrucción. En esta nueva serie dicho conflicto se vuelve concreto -se vuelve, en realidad, social- y la alegoría se esfuma para dar paso al registro de esos procesos de la actualidad. La larga serie de registro sobre el desmantelamiento de un oasis completo en el desierto de Ica para aprovechamiento y trasplante de palmeras y otras especies botánicas en la decoración de un club de playa privado en Lima no deja, esta vez, mucho sitio a la contemplación. La narración del despojo de una zona natural a la medida de una necesidad decorativa artificial en una construcción privada (pero realizada en terrenos ganados al espacio público) termina por configurar y definir un esquema de apropiación y privatización territorial . Y es aquí que la alusión a la geografía que hay en título toma el lugar de la alusión al entorno natural y la botánica y adquiere otro volumen y deviene también una categoría heredada del pensamiento crítico contemporáneo sobre territorio y proceso urbano (con Harvey, y de paso con Lefebvre a través de Harvey). En cierto modo, con pausa, sin prisa y con delicadeza, que son los movimientos que tanto caracterizan su mirada a través de su obra, con Geografía de la diferencia Philippe Gruenberg ha terminado de reunir los elementos de lectura de un proceso que nos atraviesa de lado a lado en la constitución de nuestra subjetividad y nuestros cuerpos en la nueva condición de las ciudades y espacios que habitamos. Su mirada acerca del contraste simbólico, acerca de la fragmentación y jerarquización del espacio, sus usos y los conflictos reales surgidos de la reconcentración del poder y el territorio en un país como el nuestro, encuentra esta vez su dimensión más urbana. Quizás también su filo más abiertamente crítico. Pero encuentra también y sobre todo, el hilo del recorrido de un proceso que, al igual que en sus imágenes sobre el mar como espacio de uso público en conflicto con su actual lotización privada, permite esta vez que sus imágenes fluyan con soltura, despojadas de toda romantización en la fase descarnada del registro, y se vuelvan frescos gestos de reflexión y de conocimiento.
-Rodrigo Quijano

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